EN MOMÁN, NON NACE CALQUERA, E MENOS CANDO SE QUER
Yo no sé si fue planificado o no, pero el hecho de que naciera después del verano parece planificado, pues allí, en la aldea, en Momán, todo se planificaba buscando el ahorro o la producción y, claro, que naciera en verano, época de siega, de plantación… era un incordio.
El caso es que nací y con alegría me aceptaron. Era el segundo; la primera era mujer y el tener pareja, hijo e hija, supe más tarde, les había alegrado, aunque también puede ser que prefirieran hijo porque, presumiblemente, era mano de obra más valiosa cuando tocara.
Como José era mi padre, Joseíño para mi abuela, su madre, para distinguir, al referirse a mí, me llamaban Pepiño.
Pocos recuerdos tengo de la aldea, pero sé que era una aldea pobre, con mucho frío en invierno y sol quemón en verano. Viví allí hasta los tres años y el recuerdo más antiguo que tengo es cuando mi padre me sacaba al huerto que él y mi madre plantaban; además, él era zapatero, zapatero remendón, pero acabó haciendo zapatos… Pero bueno, íbamos por lo del huerto.
Él me enseñaba la lechuga y yo pronto la conocí y, como era comilón, de una tortilla me comía la mitad y no comía más porque me frenaban, acompañándola con lechuga.
Recuerdo muy vagamente cuando Arturo, un primo vecino, hijo de Edita, hermana de mi padre, me paseaba por una pequeña acera, muy rudimentaria, pero de hormigón, en un cajón de madera con ruedas.
Y de Momán recuerdo algunas cosas más… Está siempre presente en mi recuerdo, en mi mente y, cuando tengo morriña, tengo añoranza de Momán, que la tengo. Me acerco a ver la vieja casa donde nací, un parto natural, sin asistencia médica, porque Dios era Dios, más Dios que hoy, e intercedía para que todo fuera bien; eso decía María Andrea, mi abuela.
Morriña, una palabra agarimosa, reflejo de una explosión de sentimientos: añoranza, saudade, lembranza… Dicen que la morriña, por la tierra, por la gente, por el clima, es consustancial a los gallegos y creo que no es erróneo ese concepto, por el apego que tenemos a la tierra; tierra en su conjunto: clima, vegetación, aire… Y añoranza, deseos, anhelo… Morriña son la máxima expresión, pero MORRIÑA engloba un estado de ánimo, de añoranza, que no hay otra palabra, a no ser morriña, que lo exprese tan bien. Y nada mejor que una foto de Manuel Ferrol, gran fotógrafo gallego de antaño, reflejando la morriña ante la emigración:

O home e o neno. Gran foto de Manuel Ferrol que refleja el sentir de la partida de un gallego que tiene que renunciar a su aire, su familia, sus sueños, sus deseos… Todo por la partida hacia tierras desconocidas que le van a permitir subsistir.
O home e o neno: un berro á desesperanza, o apego á terra, a dor de ter que deixar a terriña… añoranza, desilusión… MORRIÑA… O NENO, o que se despide do home, de seu pai, faleceu en xuño de 2024, gracias a Deus, en Galiza, en Fisterra… onde parecía que o mundo se acababa. Faleceu con 75 anos, gracias a Deus, na súa terra, no seu terruño, rodeado polos seus… como el quería. O Papa Francisco recibiu de Patricia Ferrol, filla de Manuel Ferrol, unha reprodución da foto de «O home e o neno». Foto do ano 1957 no porto da Coruña.
Yo, la verdad, no tenía gran apego a mi madrina, aunque ella intentaba por todos los medios que sí lo tuviera. En parte, yo creo que mi madre tiraba más bien a casa de sus padres, Nicolás y María; Culás le llamaban los vecinos y yo recuerdo los mimos de mi abuela María más que los esfuerzos que hacía mi madrina, Andrea, para atraerme. Y a mi abuela materna le llamaba madrina, aunque no lo era; el hecho de llamarle madrina era por imitación de mi hermana mayor, Maricarmen, que de esa sí era madrina y así le llamaba.
Mi abuela María era comprensiva, cariñosa, la gobernanta de la casa en el amplio sentido, la cabeza de un matriarcado en el que su marido, Culás, así le llamaba también ella, se limitaba a desempeñar su papel de trabajar en el campo, con el ganado, las ovejas y los caballos; pero quien gobernaba era María.
Mi abuela María, abuela materna, luchadora, cabecera de la saga de los Campello. Y es que el hombre labraba la tierra, cuidaba el ganado, las herramientas… pero la matriarca, quien disponía, quien mandaba, quien marcaba la ruta, era María, María Freire. Y los Campello Freire, nacidos de ese matrimonio, por distintos caminos, marcaron durante años la «Saga de los Campello», a la que pertenezco. D. E. P. María Freire y Nicolás Campello. En Labrada, su cementerio, junto a la capilla con frescos ocultos bajo la pintura. Un cementerio gótico; ver la foto de la cumbre de sus tumbas, propiedad de Google.

María llevaba un pesar muy grande consigo misma: la muerte de un hijo, Manoliño, así se le llamaba en casa, en el servicio militar. Un trago muy duro, durísimo, pues solo se recibió la noticia a través de la Guardia Civil, y unos efectos personales, entre ellos un reloj.
Sentí tan profundo yo también su sentimiento que estoy en trámites para averiguar dónde está su tumba, Jaca o Zaragoza, y tengo sospechas muy fundadas de que su muerte ni está inscrita en el juzgado de Guitiriz. Manoliño era bondad, ternura, desprendimiento… Manoliño, descansa en paz. Nunca olvidaré tu última carta a tu hermana Carmen, mi madre, donde le transmitías tu pérdida de sangre y de salud y presagiabas tu final, allí, en la mili, Jaca, Zaragoza… y tu familia, todos añorándote, recordando el día que volviste a Jaca de tu último permiso en Labrada… Manoliño, desde aquí, aunque no puedas oírme, tengo que escribirlo: fuiste muy llorado y recordado, te encontraremos, Manoliño.
De ti, yo, con tres años, recuerdo el único día que te vi: estábamos en el Coutío, así le llamaban a una finca, y, de repente, Suso te vio venir y gritó: «¡Manoliño! ¡¡Ahí ven Manoliño!!», en gallego, y todos corrieron a abrazarte. Yo, solo, casi llorando, contemplé la escena del único día que te vi y que hoy vive en mi mente, en mi recuerdo.
Y bueno, voy a volver a Momán, porque empiezo a ver nublado y las lágrimas se me pueden saltar recordando aquel último y primer día que vi a Manoliño. Voy a volver al relato de nuestra vida en Momán.
